Las hambrunas comenzaron a estudiarse en el siglo XVIII, desde la demografía y la teoría económica. Se consideran en un inicio fruto de la diferencia entre la demanda y la oferta de alimentos, hasta que la revolución agrícola permitió superar el desajuste al poder aumentar, por los avances de la ciencia y la tecnología, la oferta de alimentos. El incremento de la producción per cápita, recogido por la FAO desde las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, demuestra claramente la superación de los límites de la oferta y la demanda, invita al estudio multidimensional de las hambrunas, y a considerarlas como un proceso. Fueron clave para ello la creación de la University School of Nutrition Science and Policy (Tufts), los aportes de Amartya Sen y las conclusiones del encuentro de especialistas en Bellagio, Italia. En adelante y hasta nuestros días, el estudio de las hambrunas se concentró en el análisis de sus consecuencias y en la búsqueda de responsabilidades, dando lugar a la definición generalmente aceptada de “Proceso de crisis socioeconómica, relativamente prolongado, consistente en el progresivo empobrecimiento de los grupos más vulnerables y el deterioro de sus sistemas de sustento, con un incremento del hambre masiva. El proceso conlleva también desplazamientos poblacionales, la propagación de epidemias, la desestructuración comunitaria y, en los casos graves, un aumento de la mortalidad (debida más a las epidemias que a la inanición)” (PMA, 2009:18).

Autora: Susana Herrero

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